martes, 11 de enero de 2011

El hilo de la memoria

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Hersey recuerda el drama de Hiroshima en un relato periodístico que desnuda con sencillez la tragedia de quienes sobrevivieron

Acostumbramos a olvidar a los protagonistas de la actualidad con suma facilidad. A los verdaderos protagonistas, no a políticos, economistas o deportistas, que también lo son, pero de otro modo y, en ocasiones, en menor medida, pese a que la agenda informativa se empeñe en situarlos como el eje central de lo que debe interesar.

Precisamente por eso, porque los protagonistas son personas anónimas a las que un hecho noticioso eleva a una categoría inesperada, la caducidad de la información provoca que pronto esos mismos protagonistas pasen a la más absoluta indiferencia.

Diseño de la bomba atómica de Hiroshima realizado por el periódico The Moscow News - Andreas Toscano

Por casualidad, cuando ya encarrilaba esta reflexión en torno al reportaje que John Hersey ideó en 1946 sobre los «hibakushas», personas que sobrevivieron a la bomba atómica de Hiroshima, encontré una entrevista a Miguel Ángel Tobías, productor televisivo que ha dirigido el documental Sueños de Haití.

Blanca Torquemada, uno de los tres pilares que sostiene la contraportada de ABC cuando Rosa Belmonte no menudea con la crónica rosa, recoge la siguiente declaración: «Lo fácil era colocar la cámara y enseñar cadáveres y heridos, pero yo siempre supe que quería dar una visión optimista y que los protagonistas tenían que ser los haitianos. Porque habíamos oído a los periodistas, a los cooperantes y a los políticos, pero faltaban ellos».

El documental llega un año después de que un terremoto devastara el país caribeño, aunque comenzó a filmarse veinte días después de la tragedia. Hiroshima llegó también un año después de que el piloto del Enola Gay lanzara la primera «canasta de flores Molotov» de la historia e hiciera brillar el cielo «con el blanco más blanco que jamás hubiera visto».

Tobías recurre ahora a la imagen y al sonido para reflejar la realidad. Hersey sólo (¿sólo?) dispone de la palabra, pero hilvana los testimonios de los seis protagonistas de su relato con un hilo invisible que convierte las páginas en fotogramas de películas.

No vemos el escenario de la catástrofe, y quizás en nuestro imaginario sólo guardamos la instantánea del hongo atómico, pero Hersey geolocaliza cada punto en el que se encontraban las víctimas en el preciso instante en que «el cielo raso se derrumbó de repente» como consecuencia de un «terrible relámpago». El reportero recorre una y otra vez cada punto del mapa nipón, del parque Asano al hospital de la Cruz Roja, la Fábrica Oriental de Estaño, el noviciado de los jesuitas o la orilla del río Kyo.

Hersey no viajó a Hiroshima al día siguiente del lanzamiento de aquella «lamina de sol» que produjo un «resplandor de amarillo brillante». Tampoco lo hizo en la misma semana en la que «se había levantado una nube de polvo tal que había una especie de crepúsculo alrededor». Ni siquiera a lo largo del mes de agosto. 1945 apuraba sus últimos días cuando, The New Yorker comenzó a gestarse su viaje a la «con forma de ventilador».

Era mayo de 1946 cuando Hersey comenzaba su trabajo de arqueólogo preparado para escarbar en los recuerdos aún despiertos de las víctimas, que no descuida datos estadísticos, explicaciones científicas, consecuencias ecológicas o secuelas físicas.

¿Apostaría algún director de periódico en 2011 por enviar a uno de sus reporteros a un país cuyos protagonistas han dejado de interesar? ¿Tendría la osadía de otorgar todo un número de su revista a un mismo tema, escrito por el mismo periodista, a contracorriente del sistema que focaliza ya su atención en otros nuevos protagonistas? ¿Sufrió Pakistán hace unos meses las mayores inundaciones de su historia? ¿Qué ha sido de quienes reclamaban su independencia antes de ayer en El Aaiún?

Hiroshima no parece ser el género por el que abogarían quienes ocupan puestos de decisión en los principales medios generalistas. Tampoco parecer ser un género añorado por los lectores, volcados más en recreaciones televisivas. Al contrario, tienden (tendemos) a la comodidad de la que, en dos capítulos, lo mismo ficcionaliza el rescate de los mineros chilenos que el secuestro del Alakrana, y desprecia el testimonio de los verdaderos protagonistas de las historias.

Hersey no optó por los atajos y trazó el recorrido completo que debería trazar un enviado especial a zonas de conflicto o arrasadas por catástrofes naturales. Lo hace en una travesía de lo particular a lo general y de lo individual a lo colectivo.

En los primeros compases de su texto, dibuja la por separado la realidad de cada uno de sus protagonistas (la Señora Nakamura, el doctor Sasaki, el padre Kleinsorge, la señora Sasaki, el doctor Fujii y el señor Tanimoto), que en los días sucesivos al bombardeo fueron encontrándose en diferentes enclaves para vivir juntos una tragedia compartida.

Sorprende la sencillez con la Hersey retrató Hiroshima. La misma con la que, con diez años, Toshio Nakamura se lo contó a su profesora.

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