viernes, 7 de enero de 2011

Clandestina Navidad

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En dos días regresamos al Máster con la Navidad ya concluída. Antes, cuelgo un artículo de opinión con estructura narrativa recientemente entregado y con el que cierro estas fiestas.

Los cofrades van entrando por la puerta de atrás. La Madre Aurora les abre desde el in­terior de la capilla. Antes, cada uno de los asistentes tiene que decir "cereza". Es la pa­labra clave que ideó Julián, el hermano mayor, algunos días atrás durante una comida en la que observaba el rojizo estampado del mantel del restaurante.

La puerta principal del convento de las Isabeles, las monjas clarisas donde cada 25 de diciembre la Cofra­día de Cristo Yacente celebra su misa de Navidad, está este año cerrada. Tampo­co este año la secretaria de la hermandad ha enviado por carta la convocatoria para la eu­caris­tía. Es demasiado arriesgado. Han optado por el boca a oído entre sus miembros.

 El padre Nadheer posa delante de su parroquia en Bagdad - Mikel Ayestarán

El padre José, capellán de las hermanas clarisas, oficia la liturgia. Tiene prisa, en menos de una hora ha de dirigir otra misa en un templo cercano. Desde su clausura, las mon­jas entonan la antífona del salmo: "Los confines de la tierra han contemplado las gran­dezas de nuestro Dios". Entonces, una tremenda explosión se escucha en el exterior. Segundos después, una bomba cae sobre el tejado de la capilla. Los cofrades corren a refugiarse a la sacristía. Los más pequeños gritan. Julián trata de calmar a todos.

Falta don José, que yace muerto sobre el altar, junto al ambón en el que se disponía a leer el Evangelio, de Juan: "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo". En el interior de las Isabeles, reina entonces la oscuridad.

Acabo de llegar de la misa de Navidad de mi cofradía salmantina. Reconozco que estu­ve distraído durante buena parte de la homilía, sentado en el gélido banco de la cuarta fila en el que acostumbro a sentarme. Y entonces pensé en los asesinatos que se esta­ban produciendo en estos días contra las comunidades cristianas en Filipinas, en Nige­ria, en Irak, en Egipto, en Pakistán. ¿Cómo sería esa misma eucaristía en un país donde las personas son perseguidas por sus creencias religiosas?

Por ellas pidieron las herma­nas en sus ruegos poco después. Y a ellas les dedico yo ahora este artículo, para que la religión deje de ser un argumento para matar. Porque a mí de pequeño me enseñaron a "amar al prójimo como a mí mismo", y en eso creo.

Feliz clandestina Navidad.

2 comentarios to “Clandestina Navidad”

  • 9 de enero de 2011, 14:40
    Lucano says:

    Sepamos estar cerca de quienes sufren persecución por su causa: la causa de la Palabra que vino con la paz, y los suyos no la recibieron. La mejor cercanía es recibirla.

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  • 10 de enero de 2011, 6:32
    ACocoB says:

    Bienvenido por aquí ;)

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